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lun. Mar 25th, 2019
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Corazón y razón

Hay solo tres momentos, dentro del conjunto de los evangelios llamados canónicos (es decir, los aceptados por las Iglesias cristianas como inspirados por Dios), en los que, fuera de lo que es su muerte, Jesús de Nazaret se dirige a su madre, María. Paso a enumerarlos.

Primero: Jesús, con doce años, “se pierde” en Jerusalén y, cuando sus padres le encuentran, éste les espeta: “¿Por qué me buscábais? ¿No sabéis que debo ocuparme de las cosas de mi padre?”

Segundo: Jesús se encuentra en mitad de una boda con su madre y sus discípulos, aunque aún no había comenzado a predicar. Los novios se quedan sin vino. María le indica a Jesús que haga algo. Él responde: “Mujer, a mí qué, aún no ha llegado mi hora”.

Tercero: Jesús, ya en su llamada vida pública (es decir, cuando “comenzó a ejercer” de Mesías), está hablando a las gentes, cuando le dice una persona: “Tu madre y tus hermanos están fuera y te quieren hablar”. A lo que él repuso: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?”. Extendiendo la mano sobre sus discípulos, afirma: “He aquí a mi madre y a mis hermanos; porque todo aquel que hiciere la voluntad de mi padre, que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

Suele creerse, sin pararse a analizar siquiera una décima de segundo, que la relación entre estas dos personas, madre e hijo, María y Jesús, era buena, amantísima, perfecta en grado sumo. ¿De qué otra manera podía ser? Él, Dios; ella, Madre de Dios, abnegada, devota y santa.

El buenismo de los antiguos exégetas (personas que interpretan la Biblia, especialmente los evangelios) podría ser justificado por la carencia de información de ramas del saber que hoy sí están presentes: la sociología, la historia, la antropología, la psicología, la arqueología, la crítica literaria de los textos (esto es, cuántos autores diferentes y de qué épocas escribieron cada libro que compone la Biblia), etc. ¿Cuál es el problema entonces? Realmente, ninguno, excepto para algunas Iglesias cristianas. ¿Por qué? Porque han estado siglos y siglos estableciendo una doctrina “sagrada”, “inspirada por Dios”, que hoy, a todas luces, racionalmente, se ve como equivocada. Después de dos milenios equivocando al pueblo, dígale usted ahora que muchas de las cosas que les dijeron -y lo hicieron “porque Dios se lo reveló a ellos”-, son falsas. Ellos, los jerarcas eclesiásticos, afirman que no lo hacen porque tienen miedo a que la feligresía pierda su fe en Dios.

Lo cierto es que la mayor parte de los conocimientos de hoy apunta a que la relación entre Jesús y María era algo tensa. Intentaré ir por partes, analizando someramente cada uno de los tres momentos arriba indicados.

Primero: Jesús “se pierde” en Jerusalén. Como era preceptivo en la época, todas las familias van, una vez al año, en peregrinación, al Templo de Jerusalén, lugar santo donde los haya, pues es allí y sólo allí donde mora Dios. Los hombres iban en un grupo; las mujeres y los niños, en otro; se reunían, al final de la jornada, para montar el campamento conjunto. Al volver de Jerusalén, otra vez en peregrinación, dada la edad de Jesús (unos doce años, mitad hombre y mitad niño), él podía ir en uno u otro brazo. Por tanto, María, al no verlo, habría pensado que iba con José; éste, al no verlo, habría pensado que iba con María. Solo se habrían dado cuenta de la ausencia de Jesús por la noche, al reencontrarse en el campamento. Gran susto. Y vuelta a Jerusalén, durante otro día completo, para buscarlo. Lo encontrarían al día siguiente, por la mañana, en el Templo, discutiendo con los doctores de la Ley; por tanto, habían pasado dos días y medio. María no se lo piensa, como cualquier madre, y le abronca por ello: ¿Cómo se te ocurre? ¡Nos has dado un disgusto de muerte! Jesús no se arredra. Lejos de decir cuánto lo sentía o pedir que le perdonaran por haberlos tenido dos días sin noticias, les asesta un duro golpe: yo me tengo que ocupar de las cosas de mi padre, no de vuestras preocupaciones mundanas.

Segundo. En la boda, Jesús despacha a su madre con cajas destempladas. En el texto evangélico, ni siquiera le responde llamándole “madre”, sino “mujer”. Y apostilla un “aún no ha llegado mi hora”, esto es, “deja de abrumarme con estas cosas”, por decirlo con elegancia. Bien es cierto que, al final, el milagro se produce (el primero, por cierto, del que ya hablaremos algún día), quizá por simple compasión de Jesús.

Tercero. La madre y los hermanos buscan a Jesús para hablarle. Los estudiosos son claros: la familia iba a buscarle para llevárselo a casa, ya que creían que había perdido el juicio. Me explico. María y sus hermanos, como “buenos” judíos de la época, esperaban un mesías guerrero, militar, liberador del opresor romano, a quien iba a subyugar pasándolos a todos por cuchillo o esclavizándolos. Sin exageraciones. Según la Biblia, el ángel, cuando anunció a María que iba a concebir al mesías, no le explicó cómo iba a ser éste; así que la buena de María esperaría lo que todos, como muestra el que vaya a buscarlo (¡una mujer buscando a un hombre en aquella cultura!) con sus hermanos, ya que, evidentemente, malgastar el tiempo con pecadores y desarrapados, como hacía Jesús, no demostraba ninguna lucidez.

María estuvo presente a los pies de la cruz de Jesús, con el peligro que ello podía suponer para su integridad y libertad; era madre: obviamente, le amaba. Y Jesús se dirigió a ella, con todo el sobreesfuerzo que eso le supuso en aquella circunstancia; era hijo y bueno: también, evidentemente, la quería.

Somos seres principalmente emocionales, no racionales. “El corazón tiene razones que la razón no comprende”, dice Antonio Machado. Creo que un equilibrio entre ambos es lo deseable, aunque dando más peso a los sentimientos, dado que constituyen nuestro motor vital real. Me parece que es lo que hicieron Jesús y María; cada uno tenía sus razones, no pequeñas, pero, a pesar de ellas, tengo la sensación clara de ambos que se dejaron mover por el corazón.

1 thought on “Corazón y razón

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